Decía
que todos tenemos un tiempo. Un tiempo para nacer y un tiempo para respirar,
un tiempo para sufrir y un tiempo para amar. Y que más allá
sólo estaba el desierto. Eso es lo que repetía aquel campesino
de Igdir que nos dió refugio contra la tormenta. Me parece como
si fuera ayer mismo. Todavía puedo ver los surcos de su cara
a la luz del fuego del hogar de barro, aquellas marcas profundas que
cruzaban su rostro como caminos polvorientos, desde las sienes hasta
el cuello pasando al lado la boca como si ésta fuera un oasis;
aquella mirada alumbrándolo todo, como una linterna en la oscuridad
de la noche; aquellas manos duras que se adivinaban capaces de abarcar
el mundo entero en un puñado, aquellas manos de color de tierra.
La linterna de sus ojos en la oscuridad, mientras afuera la tormenta
reclamaba con ira nuestro regreso.
Recuerdo
el calor de la hoguera y el extraño bienestar por la pérdida
de las referencias aprendidas durante la preparación del viaje,
como si de repente nos hubiéramos trasladado de galaxia después
de un cataclismo y nada ni nadie hubiera quedado detrás de aquel
instante preciso. Tú estabas en cuclillas contra la pared de
adobe, la cabeza apoyada sobre las rodillas como queriéndo esconderte
de algo inevitable. Una leve sombra abría la línea de
tu pupila apenas visible, mientras el murmullo ronco de sus palabras
iba llenando al compás del humo toda la estancia... que todos
tenemos un tiempo... que todos tenemos un tiempo... que todos tenemos
un tiempo...
El
brillo de la sospecha de una lágrima fue un relámpago
en el centro de mi pecho, un hachazo que partió en dos la cuerda
que nos mantenía unidos, creíamos que para siempre. Un
tiempo... un tiempo... un tiempo... !dios mío! ...un tiempo...
Mientras
el hombre removía el fuego, aprovechaste para intentar escapar
y dijiste:
-
Pero no podemos vivir pensando que tenemos un tiempo...
El
hombre me miró entre el humo y movió la cabeza lentamente.
-
Ese es el error, un gran error. El tiempo nos es dado para nuestro bien,
no es malo en sí mismo. Ustedes lo rompen en pedazos y entonces
ya no sirve, no se puede arreglar el tiempo que se ha roto.
-
Pero es terrible... --insististe, con una tristeza infinita--
Sólo
se oía el crispear de los matorrales consumiéndose bajo
las llamas cuando el campesino extendió el brazo para darnos
el cuenco con la comida caliente; te quedaste como ausente, ensimismado
en tu caida a un vacío inaccesible para mí. Al percibir
con tanta nitidez la distancia que nos separaba, me sentí invadida
por tu propia tristeza hasta apoderarse por completo de mi. La misma
distancia que nos había unido.
-
Es terrible... --me sorprendí apoyando tus últimas palabras--
Fuera,
la tormenta de arena seguía gritando desaforadamente. Llamándonos,
...a nosotros que ya no estábamos allí.