—No,
no tengo novio —respondió, incapaz de mantenerse quieta por más
de dos segundos—. Bueno, sí tengo, pero no puedo seguir con él.
Encendí
un cigarro, lo que centró su atención por un momento.
Recostó su cabeza en mi pecho. Varias tiras de cabello humedecido
por el sudor se acomodaban sobre sus sienes y mejillas. La ronca exhalación
del aire acondicionado acariciaba el rocío de nuestros cuerpos,
a la vez que parecía arrullarnos, pese a que no teníamos
intención ni capacidad para dormir.
—¿Estás
segura? —insistí—. ¿No habrá quien quiera romperme la
madre?
—Salgo
con varios chavos. Pero nada serio. Ni interesante—. Esta vez sus palabras
parecían dirigidas a la lámpara o al buró.
—Y
por qué no puedes seguir con tu novio.
—Está
en la cárcel.
La
noticia salía de lo común.
—¿Por
muchos años?
—Tres...
—escuchamos que intentaban abrir la puerta y permanecimos en silencio.
Luego de otro intento por abrir, escuchamos pasos que se alejaban entre
improperios—. Tres años con derecho a fianza, según su
abogada. Cincuenta mil pesos.
—Pues...,
no es mucho.
—No.
Pero no lo conseguí. Fui a verlo a la cárcel y le pedí
datos de amigos suyos que pudieran ayudarlo y, pinches ojetes, ninguno
soltó un peso. Les valió madre. Yo les decía "no
mames, es tu brother" y me contestaban que ni pedo, que cuando
te toca, te toca.
—Pues
ya fue una hazaña lograr que hablaran contigo, si quieres mi
opinión.
—Sí,
pero pinches mamones, tienen un chingo de varo. No les costaba nada
echarle la mano. Te juro que yo casi conseguí los cincuenta mil
entre mis amigos. Si los suyos hubieran puesto aunque fuera un
poquito, ahora estaría libre... —a ratos su voz sonaba como la
de una niña, a veces como una mujer mayor que yo, matices de
su personalidad más que de un simple efecto vocal—, aunque de
todos modos habría tenido que fugarse de aquí.
—¿Drogas?
—Bueno.
Te acepto una raya.
Soltamos
una carcajada. No tuve más remedio que levantarme y picar un
poco de polvo. El canto de la tarjeta telefónica volvió
a martillar contra la cubierta acrílica del buró. Esta
vez preparé dos líneas tan largas como pude.
—¿Está
en la cárcel por drogas?
—No.
Por robo de autos.
—Cuántos
años tiene.
—Veintidos.
Uno menos que yo.
—Saldría
de veinticinco. Podría haber sido peor.
—Es
peor. Yo le dije varias veces que no fuera pendejo, que dejara el robo.
Pero no podía. Simplemente no podía. El robo era lo que
sabía hacer, lo único que le gustaba.
—Lo
entiendo muy bien.
—Según
él, estaba arrepentido, me decía que no fuera pendeja,
que cambiara de vida y estuviera más tiempo con mi chavo...
—Dijiste
que él era tu chavo...
—Él
se refería a mi chavito, mi hijo.
—Tienes
un hijo.
—Sí.
Un niño de cuatro años.
—Vaya.
Llevan prisa. Demasiadas sorpresas para tres horas de conocernos.
Levantó
su metro cincuenta y cinco de estatura, sus cuarenta y cinco kilos de
agilidad y, luego de correr la cortina, lanzó su zapato por la
ventana. La alcancé allí para ver donde caía. Luego
de rebotar un par de veces, se detuvo cerca de mi coche.
—De
qué me sirve un zapato. Siempre que salgo por la noche pierdo
algo. No mames, cómo pude perder un zapato.
Su
risa llenaba la habitación. Afuera, la luna no aparecía
por ninguna parte. A lo lejos vimos la parte alta de la catedral, con
el relieve de Santiago de Matamoros montado en su caballo, con una mano
en las riendas y la otra sosteniendo, de la cabellera, la cabeza recién
cortada de un moro. El símbolo de la ciudad. La calle en silencio
figuraba a las películas en que la humanidad se paraliza y las
calles, con sus señalizaciones, sus tiendas, sus letreros y anuncios,
se vacían de significado. De cualquier modo, no es difícil
sentir el mismo vacío con las calles repletas en plena tarde.
Sin
darnos cuenta, regresamos a la cama. Insistí sobre su amigo en
la cárcel.
—Lo
visité el día de su cumpleaños. Le llevé
un pastelito con una vela, pero ya sabes, primero tienes que pasar por
toda la vigilancia. En una prueba, la gendarme, una doña uniformada
que no me miró ni una sola vez, me pasó un papelito cerca
del ombligo y lo metió a una computadora. En la pantalla había
una gráfica de campana con nombres de drogas y sus niveles. Y,
no mames, pinche campana empezó a iluminarse y sonó un
timbrecito de alarma y todo mundo me volteó a ver. "Caramba,
niña, ¿traes droga escondida en la ropa?", me preguntó
la doña toda espantada y mirando la pantalla. "No, toda
la traigo dentro".
—¿Eso
le dijiste?
—Sí.
Y luego me preguntó si era adicta a la cocaína y le contesté
que no, pero que si me ofrecen una rayita, me la echo...
La
sugerencia era obvia, así que preparé otras dos líneas
regordetas, animosas. Cada quien aspiró la suya. Sentí
miles de pelotitas de unicel flotando dentro de las venas, agitadas
por algún soplido. Ella encendió un Grato.
—A
veces te meten a un cuarto y te desnudan. Te piden hacer dos sentadillas
por si traes algo dentro.
—¿No
se pasan de vivos? —pregunté, luego de un trago a un vaso con
whisky que teníamos olvidado.
—No.
Todo es muy normal.
—Vaya.
Las cosas eran distintas hace unos años.
—Resultó
que también era el aniverario del penal. Había un grupo
de música formado por los presos, y cómo crees que se
llamaba el grupo, no mames...
—Cómo...
—"Yo
no fui"... —volvió a ganarnos la risa—... Pero no mames,
allí no se regenera nadie. Resulta que los pastelitos y refrescos
que repartieron en la fiesta se los robaron a un preso que tenía
una tienda dentro del penal. El pobre güey se sentó en un
rincón todo agüitado. Y todos los demás bailando
y cantando con el grupo "Yo no fui" que tocaba bien feo.
De
pronto quedamos en silencio. Supe que lo mejor estaba por venir. La
noche ya no tenía hora.
—Yo
acababa de hablar con su abogada para saber si era posible conseguir
una prórroga, porque yo casi completaba la suma. Pero la mujer
me dijo que ni madres, que los cincuenta mil ya no servían para
nada porque le habían encontrado más cargos. La sentencia
sería mucho mayor y no alcanzaba fianza.
—Supongo
que no quisiste decirle eso en su cumpleaños.
—No.
De
repente el relato se puso triste. Concluí que aquel niño
cabrón debía valer mucho como persona, para que alguien
hiciera tanto por él. O que simplemente esta niña era
una heroína sin comparación. No lo pensé demasiado
y me incliné por lo segundo.
Luego
me senté al filo de la cama para picar un poco más de
polvo. Cuando las piedritas más grandes habían cedido
hacia algo similar al talco, con un trazo suave de la tarjeta formé
una estilizada letra S, su inicial, alargada y fina, de remates
apenas sugeridos. Contra el horror café oscuro de la formica
imitando al cedro, la línea lucía hermosa: blanca, esbelta,
elegante.
Me
puse en pie para que ella pudiera aspirarla a gusto. Pero ni siquiera
se levantó. Se deslizó despacio sobre la cama, tomó
el billete que habíamos utilizado a manera de tubo y alzó
la letra entera de un jalón. Mientras lo hacía, observé
su cuerpo grácil y claro tendido sobre la cama y supe que ella
era mi línea. No necesitaba más. Sentí el hambre
que sólo el vicio conoce y me acerqué a comérmela
entera. Nos besamos con un apetito olvidado por la especie. Ella con
la insolencia de los cachorros. Yo con la voracidad del macho que lo
ha tragado todo. Pero el exceso volvería a anular su origen y
no habría más placer que el que mis manos y mis dedos
y mi lengua hambrienta le ofrecieran.
Mauricio Bares