"Es
un placer y un honor para mí daros la bienvenida a esta tierra en esta
primavera sangrienta, una tierra que suspira por su antiguo nombre:
la Tierra del Amor y de la Paz. Vuestra valiente visita en el transcurso
de este cerco monstruoso constituye en sí misma una forma de romper
ese cerco. Vuestra presencia aquí hace que ya no nos sintamos aislados.
A través de vosotros, nos damos cuenta de que la conciencia del mundo,
que con tanto honor vosotros representáis, sigue viva, de que es capaz
de protestar y ponerse del lado de la justicia. Nos habéis confirmado
que todavía tenéis un valioso papel que jugar en la batalla por la libertad
y la lucha contra el racismo.
La responsabilidad sobre el destino de la Humanidad no puede expresarse
únicamente por medio del texto literario. En situaciones de emergencia
y calamidades humanas, el escritor busca el papel moral que le corresponde
jugar mediante otras manifestaciones públicas; un papel que consolida
su propia integridad literaria y moviliza a la opinión pública alrededor
de valores más elevados, de los cuales el más importante es la Libertad.
Esta es la lectura que hacemos del noble mensaje que nos habéis transmitido
hoy: un mensaje de compasión y solidaridad. Sé que los Maestros de la
palabra no necesitan ejercicios retóricos ante la elocuencia de la sangre.
Así pues, nuestras palabras serán tan simples como nuestros derechos:
hemos nacido en esta tierra, venimos de ella. No conocemos otra madre,
ni más lengua materna que la suya propia. Cuando nos dimos cuenta de
que ésta es una tierra con demasiada historia y demasiados profetas,
comprendimos que el pluralismo es un espacio en el que todo cabe, y
no una celda; entendimos que nadie tiene el monopolio sobre la tierra,
sobre dios, o sobre la memoria. Sabemos también que la Historia no es
ni justa, ni elegante. Pero nuestra tarea en cuanto que seres humanos
consiste en humanizar la Historia, puesto que somos, simultáneamente,
sus víctimas y su creación.
Nada es tan evidente como la verdad y el derecho palestinos: este es
nuestro país; este pequeño trozo de tierra es parte de nuestra real
y en absoluto mítica Patria. Aunque cuente con todos los títulos de
derecho divino que quiera atribuirse para sí, la ocupación es una ocupación
extranjera: dios no es una propiedad particular. Hemos aceptado las
soluciones políticas basadas en el principio de compartir nuestras vidas
sobre esta tierra dentro del marco de dos Estados para dos pueblos.
Simplemente, exigimos nuestro derecho a vivir con normalidad, dentro
de un Estado independiente en el territorio ocupado desde 1967 (incluyendo
Jerusalén Este); exigimos una solución justa al problema de los refugiados
y la desaparición de los asentamientos coloniales. Éste es el único
camino hacia la paz que pondrá fin a este círculo vicioso de violencia.
Nuestra situación actual es más que evidente: no se trata de una lucha
entre dos formas de existir, tal y como le gusta decir al gobierno israelí
(o ellos, o nosotros). Se trata de acabar con la ocupación. La resistencia
frente a la ocupación no es solamente un derecho. Es una obligación
nacional y humana que nos transforma, llevándonos de nuestra condición
de esclavos a un estado de libertad. El camino más corto que puede poner
fin a los desastres que están por venir y conducirnos a la paz pasa
por liberar a los palestinos de la ocupación, y liberar a la sociedad
israelí de la ilusión de que puede controlar a otro pueblo. La ocupación
no se conforma con privarnos de las más elementales condiciones de libertad.
Al declarar una guerra constante contra nuestros cuerpos y nuestros
sueños, contra nuestra gente y nuestros árboles, y mediante la práctica
de crímenes de guerra, nos priva también de las bases más esenciales
que nos permitan vivir dignamente como seres humanos. La ocupación no
nos promete más que un sistema de apartheid y la derrota del alma frente
a la espada. Sufrimos, sin embargo, una enfermedad incurable: la esperanza.
La esperanza que tenemos puesta en la liberación y la independencia.
La esperanza de llevar una vida normal en la que no seamos ni héroes
ni víctimas, de que nuestros hijos puedan ir seguros a la escuela. La
esperanza de que una mujer embarazada pueda dar a luz a un bebé con
vida, en un hospital, y no a una criatura muerta frente a un puesto
de control del Ejército. La esperanza de que nuestros poetas puedan
ver la belleza del rojo en una rosa, y no en la sangre. La esperanza
de que esta tierra recupere su nombre primigenio: la tierra del Amor
y la Paz. Gracias por ayudarnos a cargar con el fardo de nuestra esperanza."
Palestine Media Center/Traducción CSCAweb/Vía Diario de Urgencia