HISTORIAS
PARA NO DORMIR (LA SIESTA) - Nº12
por Domingo Lopez
Me despertó tapándome el oído
con el cañón frío -lo supe enseguida-
de una pistola. No oía el rumor del mar, lástima,
y también supe inmediatamente quién
estaba por manejar el gatillo. Ví, con la cabeza
aún sobre el escritorio, cómo nos miraba impávido
Sir Arthur Conan Doyle, mi gato y cerré
los ojos, inmóvil e insoportablemente triste.
Aunque mi vida nunca había valido nada en ese momento
valía aún menos. Bostecé,
entonces, sin querer, resignado.
- No seas maleducado con las visitas,
aunque sean inoportunas o imprevistas
y, sobre todo, no te muevas y no te hagas el imbécil,
no me infles las tetas. Estoy decidiendo
si destaparte los seso ahora o mejor,
cuando me des, si la has cambiado, la contraseña y la
llave de la cajita fuerte que está
detrás del mamarracho de aquel cuadro, el que pintaste
en tus tiempos de artista patético.
Intenté sonreír y no pude. Me
imaginé entonces sentado en el infierno, cariacontecido,
mientras sus amigotas, las putas golosas, me sorbían
el poco cerebro que tengo, por el agujero
de la bala, con pajitas de colores. De
pronto me apetecía volver a dormir, olvidar, rebobinarme
para apagar mi vida, previsor. La muerte,
pensé, tal vez, quién sabe, podía
no estar del todo mal y arreglar algunas cosas, algunas, no
había que ser demasiado optimista
o avaricioso.
- Dispara, lo mismo hasta me haces un favor,
fíjate.
Había leído recientemente esa
frase en una novela y la dije casi como un
personaje. Eso me gustó. Un personaje. Ella se rió
como una burra demente, odiándome.
Noté cómo le temblaba la mano. Un tirito bien
tirado no es nada, pensé, casi
dándome ánimos. Sobre mi cara estaban los
folios que había garabateado esa tarde, antes de dormirme
sin darme cuenta. Imaginé los poemas
manchados de sangre, mi cabeza espachurrada encima
de ellos, guarreándolos. Aposté, casi desesperado,
que la pistola debía ser una Veretta,
no había mucho que perder y era la única clase
de arma que recordaba.
- Es una Veretta, nena.
Incrustó el cañón aún
más. Casi se podía oler la pólvora. La
gente, efectivamente, por aquel tiempo
se mataba por dinero, por un coño de categoría
o por fastidio o aburrimiento. Y yo ya sabía cual de
los cuatro motivo había elegido
para encadaverarme o difuntearme sin más.
- Creo que entonces, como le iba diciendo, esta
incómoda situación quizás
sea producto de un malentendido,...¿perdón, señora
o señorita?
- Señorita, por supuesto. Lo sabes bien
y por experiencia: lo mío es juntarme.
No sentaré nunca la cabeza. Me lo decía siempre
mi querida y ya muy podrida mamá.
No le veía la cara pero sabía
perfectamente que la sonrisa de aligator debía
de estar acomodándose, arrellanándose en su boca
excesiva de rouge chillón. Al gato,
con un ojo, sí seguía viéndolo. No se había
movido, seguía mirándonos
como aburrido, pareciéndose cada vez más a un
forense. Me dolía el cuello, la
espalda, el corazón, la cabeza, los huevos
y el alma.
- Si no te importa me gustaría mucho
enderezarme un poco, cariño.
No dijo nada así que me fui incorporando
lentamente, hasta tocar con la nuca el
espaldar del sillón. Con la pistola dentro de la oreja.
Atenta, por supuesto.
- Eres una pobre mierda - dijo con su habitual
mononimia - Y me hace falta tu pasta,
querido. Sabes, creía que a estas horas ya estabas empinando
el codo. Pensaba esperarte a que volvieras. Acuérdate
de que aún conservo mi llave de
la casa. Has tenido suerte de encontrarte aquí,
así no he tenido tiempo extra de pensar en modalidades
de ensañamiento.....
Era verdad, aquella tarde no bajé a beber
a la borrachería de la esquina.
Se me fue la olla escribiendo, o mejor dicho, cavilando sesudamente
plagios, maquillando con suma destreza versos y estupideces
de otros.
- Al carajo, - dije - ¿Se puede saber a qué
coño has venido en realidad?
- Ya te lo he dicho. Tengo deudas y vicios que
pagar. Y me dejaste tirada ¿No te acuerdas,
cabrón?
Me dieron ganas de estropearle un poco la nariz,
de un solo golpe, certero, pero lo único
que hice fue mirar de reojo por la ventana. Nada.
En el aire del cielo de Mayo no había donde agarrarse,
ni a una nube, ni a un pájaro siquiera.
- Me cansé de tus borracheras, me cansé
de que fueras por ahí libando cojones.
- Fue mi carácter samaritano, pobrecitos
los hombres solos en los bares. Y para
salvarles la puerca vida había que hacer algo. "Semen
retentum venenum est" ¿no?
Qué disparate vivir, pensé, harto
de su voz y de mí y del día y del mundo
y el gato.
- La primera vez - prosiguió -, te puse
los cuernos ,emocionantemente, por gusto.
Luego todo fue ocasión de aceptar copas gratuitas e ir
rellenándote la cabeza poco a poco
¿no? La carcajada se debió oír en toda
la ciudad y parte del extrarradio. Fue entonces cuando me dí
cuenta de que estaba ebria o drogada.
Y lo que pasó a continuación prefiero
no contarlo. Para qué. Todo sucedió muy rápido
y fue, inevitablemente, demasiado violento.
Sigo teniendo buenos reflejos y ella simplemente
se despistó un poco, se le cayó el arma y resulta
que la recogí yo. Y bueno para
abreviar diré que al final, ciertamente, los poemas
se mancharon de sangre. Pobrecitos. Pero no fue la mía.
Ah, y que de paso, aprovechando la herramienta,
decidí quedarme sin gato.
Domingo
Lopez